tan favorables para hacerse ver; frecuentad esta arena, caliente todavía por una sangre nueva, y este hito, alrededor del cual circulan los carros de abrasadoras ruedas.
Lo que se oculta queda ignorado y jamás se desea lo que se ignora. ¿De qué serviría un bello rostro si nadie ha de verlo?
Aunque vuestros cantos superasen en dulzura a los de Thamyras y a los de Amebea, ¿quién alabará el mérito de vuestra lira desconocida? Si el pintor de Cos, Apeles (1), no hubiese expuesto a las miradas la imagen de Venus, aún estaría la diosa sepultada entre las olas del mar.
¿Adónde tienden los deseos del poeta ? Al renombre, a la fama; este es el precio que esperamos de nuestros trabajos. Antiguamente, los poetas eran los favoritos de los héroes y de los reyes, y los coros entre los antiguos obtuvieron grandes recompensas.
El nombre de poeta tenía algo de imponente y de venerable, y a estos respetos se unía con frecuencia abundantes larguezas.
(1) Strabón dice que Apeles nació en la ciudad de Efeso.