nal, dijo a Minos: "Tú, que eres tan justa, pon un término a mi destierro y que mi tierra natal reciba mis cenizas. En punto al rigor de los destinos, si yo no he podido vivir en mi patria, que pueda, al menos, morir en ella. Permite a mi hijo volver, si su padre no puede alcanzar tu gracia, y si eres inexorable para el niño, ten piedad del anciano." Así habló Dédalo; pero vanamente intentaba con este discurso y otros muchos conmover a Minos, que permanecía inflexible.
Convencido de la inutilidad de sus ruegos, pensó: "He aquí una ocasión para poner mi genio a prueba. Minos reina sobre la tierra y reina sobre las olas; estos dos elementos se oponen a mi fuga. Me queda el aire, y por él es preciso que me abra un camino. ¡Poderoso Júpiter, protege mi empresa! No pretendo elevarme hasta las moradas celestiales, sino aprovechar el único camino que me queda para escapar de mi tirano. Si la Estigia me ofreciera un paso, atravesaría las aguas de la Estigia. Séame, pues, permitido cambiar las leyes de la naturaleza."