Con frecuencia la desgracia aguza el ingenio. ¿Quién hubiera podido pensar que a un hombre le fuese dado volar por los aires? Dédalo, sin embargo, se fabrica unas alas con plumas ingeniosamente dispuestas y se las ata con hilos de lino, cuyos extremos sujeta la cera ablandada al fuego, y los retiene entre sus manos. Por fin, esta obra maestra de un arte hasta entonces desconocido queda terminada; el joven Icaro maneja gozoso las plumas y la cera con que las ha unido a su cuerpo, sin dudar de que aquel aparato pueda armar su cuerpo para la fuga.
—He aquí le dice su padre—el navío que nos conducirá a nuestra patria y nos libertará del poder de Minos. Si Minos nos ha cerrado todas las vías, no ha podido prohibirnos la del aire; aprovechate, pues, de mi invención para surcarlo; pero cuida de no acercarte a la virgen Tegea o de Orión (1), que, armada de una espada, acompaña al Boyero. Mide tu vuelo con el mío, pues que he de precederte; conténtate con seguirme; guíate por mí y mar(1) La Osa Mayor.