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I
ALGUNOS años antes de esta relación, Kirila Petrovich, un boyardo de vieja cepa, vivía en Pokrovskoie, uno de sus dominios. Su riqueza, su rancia nobleza y sus relaciones le dieron un gran ascendiente en su gobierno. Adulado por sus compañeros, había adquirido la costumbre de abandonarse a todos los transportes de su temperamento violento y a todas las extravagancias de un espíritu algo limitado.
Los vecinos adulaban a porfía todas estas excentricidades, y en cuanto a los funciona-