una nube los hubiera rozado, y sus sutiles labios se han plegado en una rápida sonrisa. También Yo Me conmoví, pues por primera vez desde el día de mi humanización asistía a una tempestad semejante, y ésta despertaba en Mí todos los miedos pasados: casi como un niño evitaba dirigir la mirada a la ventana, más allá de la cual reinaba la obscuridad. «¿Por qué ésta no entra? —pensaba—; será el cristal quien se lo impida. ¡Si le diera por irrumpir aquí dentro!...» De cuando en cuando alguno llamaba ruidosamente y golpeaba la puerta de hierro a la que hacía tiempo había llamado Yo con Toppy.
—Será el chofer, que viene a buscarme—dije—; abrirlehabrá que —No existe camino por este lado. Da al campo.
Es marzo loco que pide hospitalidad.
Como si hubiera oído estas palabras, marzo, descubierto, se echó a reír y se alejó silbando. Pero al poco se sintieron nuevos golpes en el portón de hierro, y voces parecidas, gritando e interrumpiéndose recíprocamente, cual si discutieran agitadas y alarmadas; se oía como el llanto de un niño.
—Esta vez es un chico perdido..., ¡escuche! Hay que abrirle.
—Bueno, veremos—dijo Magnus con enojo.
—Le acompaño, Magnus.
—Siéntese, Wunderhood. Me basta este compañero. Sacó prontamente del cajón un revólver, y con una expresión singular de amor y casi de ternura lo estrechó dulcemente en la palma de la mano;