sino beber. El mismo marzo, durante el coloquio, me ha parecido borracho...; ¡el vagabundo! ¡Venga el vaso, Wunderhood!
Llenos los vasos, el alegre borracho apenas ha tocado el vino y se hundió en una poltrona, dejando de beber y conversar. Sin excesiva animación, escuchando el ruido de la tempestad y pensando en la larga noche que Me esperaba, refería a Magnus las nuevas e insistentes visitas del cardenal X.
Parece que, ciertamente, el cardenal había puesto policías para seguir mis pasos; pero lo que es más estupefaciente y extraño es que ha logrado influenciar al incorruptible Toppy. Este sigue siendo el amigo fiel de siempre, pero se ha vuelto beato, va a confesar todos los días y trata con empeño de convertirme al catolicismo.
Magnus ha escuchado tranquilamente mi narración. De peor gana aún le hablé de las numerosas e infructuosas tentativas de otros para forzar mi bolsa; del infinito número dé peticiones, escritas en un pésimo idioma, en que la verdad parece mentira; lágrimas, reverencias, adulaciones burdas, monótonas y aburridas, inventores locos, proyectistas fraudulentos, ansiosos de utilizar lo más rápidamente posible el breve permiso de la cárcel; de toda esa humanidad poseída del delirio al olor de los miles de millones débilmente defendidos. Mis secretarios, y tengo seis, apenas si logran dar una ojeada a toda esta masa de cartas lacrimosas y de hombres furiosamente habladores que vigilan todas las puertas de mi palacio.