cófago, y esto me recordaba aquella noche inquieta, cuando fuera de la casa se enfurecía marzo loco.
De un golpe dijo Magnus, fuertemente: — El asunto va a maravilla.
—¡Sí?
—Dentro de dos semanas todo estará acabado.
Su vasta y desparramada fortuna, en la que se podía uno perder como en una selva, se ha transformado en una pelota de oro precisa y pesada...; más exactamente, en una montaña. ¿Sabe usted con precisión la cifra exacta de su dinero, Wunderhood?
—Deje, Magnus. No me importa. El dinero es vuestro.
Magnus me ha echado una rápida mirada y rudamente subrayó: —No, es de usted.
Me encogí de hombros humildemente: no tenía gana de discutir. Estaba muy tranquilo y quería observar detenidamente a aquel hombre, que se movía enérgicamente y en silencio; seguía todavía pensando en sus espaldas inmóviles y austeras, tras de las cuales por primera vez, serenamente, había entrevisto su corazón.
Continuó él, tras breve silencio: —Sabe, Wunderhood, que el cardenal ha estado aquí.
—¿La vieja mona? Lo sabía. ¿Y qué quería?
—Lo de siempre, verle; pero yo no le he querido molestar a usted.
—Se lo agradezco. ¿Lo mandó usted a paseo?