19 de abril de 1914.
En el mar, calma absoluta. Desde una roca estuve observando largo rato a una barca, inmóvil en la azulada extensión. Con las velas blancas quietas, parecía feliz, como yo en estos días. Y de nuevo una gran quietud descendió sobre mí y el santo nombre de María resonó, vivaz y puro, como una campana dominical desde una lejana ribera.
Después me tumbé en tierra con la cara mirando al cielo. La tierra, buena, me calentaba la espalda y tocaban mis ojos tanta tibia luz como si hubiese sumergido mi cara en el mismo sol. A tres pasos de mí estaba el precipicio, la roca cortada, una pared vertical, vertiginosa; por esto mi lecho de hierba parecía tan airoso y tan leve en el aire y era muy agradable aspirar el olor de las hierbas y de las flores primaverales de Capri. También olía Toppy, que yacía a mi lado: recalentado por el sol, comenzó a despedir un intenso olor a pelo quemado. Y se va poniendo más obscuro al sol, como teñido con carbón; en una palabra, que es un viejo diablo muy agradable.
El sitio donde estábamos se llama Anacapri, y constituye la parte alta de la isla. Cuando nos movinos ya se ponía el Sol y brillaba la Luna, aun no llena; pero seguía haciendo calor y la quietud tan sólo era turbada por el son de una mandolina en