IV
25 de mayo de 1914.
Si tuviese a mi servicio no la mísera palabra, sino una potente orquesta, obligaría a todas las trompas de cobre a rugir. Levantaría contra el cielo sus cuellos resplandecientes y aullaría largamente, aullaría con voz metálica y tan estridente que pusiera de punta los pelos de la cabeza e hiciera huir asustadas a las nubes. No quiero violines mentirosos: odio el tierno sonido de las venales cuerdas bajo los dedos de los mentirosos y de los estafadores: ¡aire!, ¡aire!
Mi cuello es como una trompa de cobre, mi respiración es como el huracán que se llena de viento entre las estrechas gargantas de los montes, y todo yo resueno y vibro como una masa metálica azotada por el viento. Pero no siempre es el alarido airoso y potente de las trompas de cobre; con frecuencia, con demasiada frecuencia es un lastimero chirrido de hierro mohoso chispeante, un silbar de varillas plegadas, que acera los pensamientos, mientras se cubre el corazón de una húmeda angustia. Todo lo que podía arder se ha consumado en mí. La recitación, ¡la he querido yo? ¿La he querido yo? Pues