bustero!, ¡estafador!, ¡ladrón!»...; apenas comienzas a ser hombre, y ya estás maduro para esas tonterías. Cuando yo levante la mano para pegar, tu desprecio empezará a lloriquear: «¡Déjalos, no los toques, ten compasión!» ¡Oh, si tú pudieses odiar! Pero no, tú no eres mas que un odioso egoísta, viejecito mío.
Grité: —¡Que el diablo te lleve de una vez con ese tu egoísmo! No soy en realidad más tonto que tú, tenebrosa bestia, y no comprendo qué puedas encontrar de santo en el odio.
Magnus se ofuscó visiblemente: —Ante todo, no grites, o te echo a la calle. ¿Lo oyes? Sí, quizá no seas más tonto que yo; pero los negocios humanos no son asuntos para ti. ¡Comprendes, dulce bestia? Preparándome para provocar la explosión pongo en realización mi proyecto; tu quisieras ser tan sólo el administrador de una oficina de otro. Todo esto e indicó con un gesto amplio el espacio alrededor—es mi oficina, ¿comprendes?, mía, y me roban si roban. He sido robado y ofendido. Y odio porque se me ofende. En resumen: ¿qué habrías dado tú de tus millones si no se me hubiera ocurrido la idea de quitártelos? Habrías construído invernaderos, habrías creado herederos para la perpetuación de la especie. Un yate de recreo con dos chimeneas, y brillantes para tu mujer. Y yo, dame todo el oro que hay en la tierra y lo echaré todo al hoyo de mi odio. Porque me siento ofendido. Cuando tú encuentras a un jorobado le