baba por darme el vértigo, como si se hubiera tratado de un abismo. No hay nada. El vacío. ¡No has observado tú, Wunderhood, o si no usted, mister Toppy, que el hielo no está tan frío como la frente de un hombre muerto? Cualquier vacío que conozcáis, amigos míos, o que podáis imaginar, no puede compararse con el vacuum casi absoluto que constituye el núcleo de mi bella y luminosa estrella. La estrella del mar; ¡no la has llamado así, Wunderhood?
Magnus se rió de nuevo y bebió un vaso de vino: bebía mucho aquella noche.
—¿Quiere usted vino, míster Toppy? ¿No? Como quiera. Beberé yo. Por eso, Wunderhood, no he querido que tú besaras la mano a este ser. No bajes la vista, amigo. Figúrate que estás en un museo, y mírala valientemente. ¿Quería usted decir algo, mister Toppy?
—Sí, señor Magnus. Perdóneme, mister Wunderhood; pero le pido permiso para salir de aquí.
Como caballero..., aunque pequeño..., no puedo asistir a... a...
Magnus, guiñando el ojo burlonamente: —¡A una escena semejante?
—Sí, a una escena en que un caballero, con el consentimiento tácito de otro caballero, insulta a una mujer de ese modo exclamó impetuosamente Toppy, levantándose.
Magnus, volviéndose a mí, con ironía: —¿Y tú, qué dices, Wunderhood? ¿Dejamos salir a este caballero demasiado pequeño?