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Página:El diario de Satanás.djvu/32

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Magnus sonrió: — Es usted alquimista, Wunderhood: coge el plomo y quiere transformarlo en oro.

—Sí, quiero hacer el oro y buscar la piedra filosofal. ¿Pero es que acaso no ha sido encontrada ya?

Se encontró, pero vosotros no sabéis utilizarla: y es el amor. ¡Ah Magnus! Yo mismo no sé lo que haré; pero mis designios son vastos y... casi diría majestuosos, si no fuese por esa sonrisa vuestra de misántropo. Empezad creyendo en el hombre y ayudadme. Usted sabe lo que el hombre necesita.

Respondió fríamente: — Necesita la cárcel y el patíbulo.

Yo exclamo indignado (la indignación es lo que mejor me sale de todo): — Cálmese, Magnus. Veo que ha sufrido alguna profunda herida, quizá una traición, y...

— Pare el carro, Wunderhood. Jamás hablo de mí mismo, ni me gusta que hablen los demás. Bástele saber que en cuatro años es usted hoy el primero que turba mi soledad, y eso por casualidad.

No amo a los hombres.

—¡Oh, perdone, pero no creo...!

Magnus se acercó a la estantería de libros y, con una expresión de desprecio y cierta repugnancia, cogió con su mano blanca un volumen cualquiera.

—Usted, que no ha leído libros, ¡sabe de qué tratan éstos? Sólo de las maldades, de los errores delos hombres. Son lágrimas y sangre, Wunderhood.

Mire, sólo en este sutil librito que tengo entre los