La cara del cardenal se volvió seria y pasó por sus ojos una sombra de amoroso reproche: —No me eche en cara mi fogosidad, míster Wunderhood. Amo tanto la historia de nuestra ciudad, que no he resistido a la tentación... Pero ¿es que acaso esto que ve usted ahora es Roma? Míster Wunderhood, Roma ya no existe. En un tiempo ésta era la Ciudad Eterna, y ahora no más que una gran ciudad que cuanto más grande se hace tanto más se aleja de la eternidad. ¿Dónde está el gran espíritu que la protegía?
No tengo la intención de referirte toda la monserga del purpúreo papagayo, ni hablarte de sus tiernas, miradas de caníbal, sus muecas y sus risas. Esto Me dijo la vieja mona, ya a punto de calmarse: — Su desgracia consiste en esto, míster Wunderhood: que usted ama demasiado a los hombres...
— Ama a tu prójimo...
—Eso, que se amen los unos a los otros, enseñarlo a los hombres, sugerirlo, ordenárselo; ¡pero para usted de qué puede servirle esto? Cuando se ama demasiado no se distinguen los defectos del ser amado y, lo que es aún peor, se aumentan las virtudes. ¿Cómo queréis corregir a los hombres y hacerlos felices no conociendo sus defectos y tomando los vicios por virtudes? Cuando se ama se disculpa, y la disculpa mata la fuerza. Mire, míster Wunderhood, quiero ser completamente franco con usted, y he de decirle: el amor es debilidad. El amor os limpiará el bolsillo de dinero y se lo gastará