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Página:El diario de Satanás.djvu/76

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Observaba cómo se divertía la vieja mona, y Yo mismo me ponía de buen humor. Miraba dentro de este conjunto de macaco, papagayo, pingüino, zorro, lobo—¡y qué más todavía?—, y la alegría se apoderaba también de Mí: Yo amo los suicidios alegres.

Nos hemos divertido todavía un buen rato con la mísera ratio hasta que Su Eminencia se calmó y pasó a un tono de preceptor: — Como el antisemitismo es el socialismo de los idiotas...

—¡Conoce usted también...?

—¡Nos perfeccionamos!... Así, pues, el racionalismo es el intelecto de los tontos. Unicamente un tonto rematado se para en la ratio; el inteligente va más allá. Pero hasta para el tonto de remate su ratio no es mas que un traje de fiesta, el chaquet que se pone para los demás, mientras él vive, duerme, trabaja, ama y muere aullando de espanto, sin ninguna ratio. ¿Tiene usted miedo a la muerte, mister Wunderhood?

No quise responder y me callé.

—No tenga reparo, míster Wunderhood. Es preciso temerla. Y mientras exista la muerte...

La mona afeitada puso de improviso una cara de espanto, y el horror y la maldad se reflejaron en sus ojos como si alguien le hubiese cogido por el cuello y de golpe la hubiese arrojado allí en el vacío, en las tinieblas y en el horror de las selvas primitivas. El cardenal temía la muerte, y su horror era tenebroso, perverso e infinito. No me hacían falta