palabras ni pruebas. Me bastaba sólo con mirar la cara alterada, lúgubre y extraviada del hombre para inclinarme humilde y sumiso al Gran Inquisidor (1).
Aquí precisamente reside toda la fuerza de ellos; hasta mi Wunderhood palidece y se altera... ¡Ah pícaro! ¡Ahora viene a pedirme protección y ayuda!
—No quiere vino, Eminencia?
Pero la Eminencia ya se ha repuesto. Pliega los labios con una sonrisa y mueve negativamente la cabeza, que le debe pesar bastante, a lo que parece.
Y mientras exista la muerte la Iglesia será indestructible. Sacudidla todos, minadla, tratad de hacerla estallar y saltar por el aire: no lo conseguiréis. Y aunque lo consiguieseis, vosotros mismos seríais los primeros en perecer bajo sus ruinas.
¿Quién os protegerá entonces de la muerte? ¿Quién os dará entonces la dulce fe en la inmortalidad, en la vida eterna, en la beatitud?... Créame, míster Wunderhood, el mundo, en realidad, no pide vuestra ratio; es una equivocación..
—¿Pero entonces qué quiere, Eminencia?
—¿Qué quiere? Mundus vult decipi... ¿Conoce usted nuestro latín?: el mundo quiere ser engañado.
Y la vieja mona se alegra otra vez, y comienza a menear los párpados, a hacer muecas, golpearse en las rodillas, ahogando una risa lamentable. Tam(1) El autor alude al pasaje de Los hermanos Karamasof, de Dostojewski, en que el Gran Inquisidor expone a Cristo su programa para hacer a los hombres felices y devotos por medio del engaño; Cristo, con su silencio, le prueba que él mismo es el primer enga ñado. N. del T.