imagen. Algo así como una visión, ¿comprendes?; y como si alguno te estrangulase, tú dabas alaridos hacia lo alto, con voz desencajada: «¡Guardias, auxilio!» ¡Ah, tú no posees la tercera concepción de la existencia, aquella que no es ni vida ni muerte, y Yo sé quién te estrangulará con sus huesudos dedos.
Y Yo lo sé.
¡Oh!, ríe del bufón, compañero; parece que te ha llegado el turno de divertirte.
Y Yo lo sé.
Alegre y sereno, Yo he venido a ti de las inmensas profundidades, consciente de mi inmortalidad..., y he aquí que empiezo a titubear, a temblar delante de este rostro afeitado de mona que se atreve a expresar con tanta majestuosa insolencia su miedo. ¡Ah!, Yo no he vendido mi inmortalidad: simplemente la he adormecido para siempre, como una incauta madre a su pequeño bebé; ella se ha descolorido bajo tu sol y la lluvia y se ha convertido en una tela transparente, sin dibujo, incapaz de cubrir la desnudez de un correcto gentleman. El agua putrefacta del estanque wunderhoodiano, en el que estoy sumergido hasta los ojos, se me pega en torno como un fango; sus vapores envenenados nublan mi conciencia y el hedor insoportable de la descomposición la ahoga. ¿Cuándo comienzas tú a descomponerte?, ¡oh compañero! ¡Al segundo, al tercer día, o según el clima? Yo me descompongo ya y Me estomaga el olor de mis vísceras. ¿Quizá tú estás habituado a este olor y confundas el tra