enemigos el cadáver de Cromwell, así el cardenal X quemaría con gusto los huesos de Galileo. El soporta la rotación de la Tierra como un ultraje personal. Es de la vieja escuela, míster Wunderhood: para quitar los obstáculos de su camino no se pararía ni ante el veneno, ni ante el homicidio a traición que tuviese todos los caracteres de un desgraciado incidente. Usted se sonríe; pero yo no podré mirar el Vaticano sonriendo mientras acoja hombres de tal catadura..., y en el Vaticano habrá siempre alguien parecido al cardenal X. ¡Tenga cuidado, míster Wunderhood! Ha entrado usted en su horizonte y en el cerco de sus intereses, y a esta hora velan ya diez ojos sobre usted y quizá hasta sobre mí. ¡No se descuide, querido amigo!
Me ha parecido agitado y le he estrechado la mano con sincero ardor.—¡Oh Magnus!... ¡Cuándo se va usted a decidir a ayudarme?
—Pero usted sabe que yo no amo a los hombres.
Usted los ama, míster Wunderhood; no así yo.
En sus ojos brilló la acostumbrada sonrisa burlona.
—El cardenal afirma que en realidad no se necesita amar a los hombres para hacerlos felices... ¡Al contrario!
—¿Y quién le ha dicho que yo quiera hacer felices a los hombres? Es usted quien los ama, no yo.
Dé sus miles de millones al cardenal X: su receta no es en nada inferior a los demás métodos patentados para hacer feliz a la humanidad. Aunque su