y tijeretazo del Fígaro que expone su programa hasta los banquetes donde se diluyen en períodos armoniosos y frases de efecto los distintos matices de credos políticos, las divergencias, disidencias, descontentos, etc., todo aquello, à medida que se alejaba de Europa renacía con potente savia dentro de sí como semilla sembrada, impedida de crecer por espeso follaje, y de tal manera que, cuando fondeó en Manila, se creyó que la iba à regenerar y en efecto tenia los más santos propósitos y los más puros ideales.
A los primeros meses de su llegada, todo era hablar de la Corte, de sus buenos amigos, del ministro Tal, ex ministro Cual, diputado C, escritor B; no había suceso político, escándalo cortesano del que no estuviese enterado en sus mínimos detalles, ni hombre público de cuya vida privada no conociese los secretos, ni podía suceder nada que no hubiese previsto, ni dictarse una reforma sobre la que no le hubiesen pedido anticipadamente su parecer y todo esto sazonado de ataques á los conservadores, con verdadera indignación, de apologías del partido liberal, de un cuentecillo aquí, una frase allá de un grande hombre, intercalando, como quien no quiere, ofrecimientos y empleos que rehusó por no deber nada á los conservadores. Tal era su ardor en aquellos primeros días que varios de los contertulios en el almacén de comestibles que visitaba de vez en cuando, se afiliaron al partido liberal y liberales se llamaron don Eugenio Badana, sargento retirado de carabineros, el honrado Armendia, piloto y furibundo carlista, don Eusebio Picote, vista de aduanas y don Bonifacio Tacón, zapatero y talabartero.
Sin embargo, los entusiasmos, faltos de aliciente y de lucha, fueron apagándose poco a poco. El no leía los periódicos que le llegaban de España, porque venían por paquetes y su vista le hacia bostezar; las ideas que había pescado, usadas todas, necesitaban refuerzo y no estaban allí sus oradores: y aunque en los casinos de Manila se juega bastante y se dan bastantes sablazos como en los círculos de la Corte, no