se permite en aquellos, sin embargo, ningún discurso para alimentar los ideales políticos. Pero don Custodio no era perezoso, hacia algo más que querer, obraba, y previendo que iba á dejar sus huesos en Filipinas y juzgando que aquel país era su propia esfera, dedicóle sus cuidados y creyóle liberalizarlo imaginando una serie de reformas y proyectos á cual más peregrinos. El fué quien habiendo oído en Madrid hablar del pavimento de madera de las calles de París, entonces no adoptado todavía en España, propuso su aplicación en Manila, extendiendo por las calles tablas, clavadas al modo como se ven en las casas; él fué quien lamentando los accidentes de los vehículos de dos ruedas, para prevenirlos discurrió que les pusieran lo menos tres; él fué también quien, mientras actuaba de Vicepresidente de la Junta de Sanidad, le dió por fumigarlo todo, hasta los telegramas que venían de los puntos infestados; él fué también quien, compadeciendo por una parte á los presidiarios que trabajaban en medio del sol y queriendo por otra ahorrar al gobierno de gastar en el equipo de los mismos, propuso vestirlas con un simple taparrabo y hacerlos trabajar, en vez de día, de noche. Se extrañaba, se ponía furioso de que sus proyectos encontrasen impugnadores, pero se consolaba con pensar que el hombre que vale enemigos tiene, y se vengaba atacando y desechando cuantos proyectos buenos ó malos presentaban los demás.
Como se picaba de liberal, al preguntarle qué pensaba de los indios solía responder, como quien hace un gran favor, que eran aptos para trabajos mecánicos y artes imitativas (él quería decir música, pintura y escultura), y añadía su vieja coletilla de que para conocerlos hay que contar muchos, muchos años de país. Sin embargo, si oía que alguno sobresalía en algo que no sea trabajo mecánico ó arte imitativa, en química, medicina ó filosofía por ejemplo, decía: i Psh! promeeete... ¡no es tonto! y estaba él seguro de que mucho de sangre española debía correr por las venas de tal indio, y si no lo podía encontrar á