-Domestiques, los que están domesticados: no ha observado usted como algunos tenían aire de salvajes? Esos son los servantes.
-¡Es verdad! añade doña Victorina; algunos tenían muy malas maneras... y yo que creía que en Europa todos eran finos y... pero, como pasa en Francia... ¡ya lo veo!
-¡ Sst, sst!
Pero el apuro de Juanito fué cuando, llegada la hora del mercado y abierta la barrera, los criados que se alquilaban se colocaron al lado de los respectivos anuncios que señalaban su clase. Los criados, unos diez ó doce tipos rudos, vestidos de librea y llevando una ramita en la mano, se situaban debajo del anuncio domestiques.
-¡Esos son las domésticos! dice Juanito.
-A la verdad que tienen aire de recién domesticados, observa doña Victorina; ¡vamos á ver á los medio salvajes!
Después, la docena de muchachas, á su cabeza la alegre y viva Serpolette, ataviadas con sus mejores trajes, llevando cada una un gran ramillete de flores á la cintura, risueñas, sonrientes, frescas, apetitosas, se colocan con gran desesperación de Juanito junto al poste de las servantes.
-¿Cómo? pregunta cándidamente Paulita; ¿son esas las salvajes que usted dice?
-No, contesta Juanito imperturbable; se han equivocado... se han cambiado... Esos que vienen detrás.
-¿Esos que vienen con un látigo?
Juanito hace señas de que sí, con la cabeza, muy inquieto y apurado.
-¿De modo que esas mozas son los cochers?
A Juanito le afaca un golpe de tos tan violenta que provoca la impaciencia de algunos espectadores.
-¡Fuera ese! ¡fuera el tísico! grita una voz.
Tísico? ¿Llamarle tísico delante de la Paulita? Juanito quiere ver al deslenguado y hacerle tragar la tisis. Y viendo que las mujeres se interponían, se envalentonó más y le crecieron los ánimos. Por fortuna