-¿Cómo está el enfermo? preguntó echando una rápida ojeada por el cuarto y fijándose en los folletos que mencionamos cuyas hojas aun no estaban cortadas.
-Los latidos del corazón, imperceptibles... pulso muy débil... apetito, perdido por completo, repuso Basilio con sonrisa triste y en voz baja; suda profusamente á la madrugada...
Y viendo que Simoun, por la dirección de la cara, se fijaba en los dichos folletos y temiendo volviese á reanudar el asunto de que hablaron en el bosque, continuó:
-El organismo está saturado de veneno; de un día á otro puede morir como herido del rayo... la causa más pequeña, un nada, una excitación le puede matar...
-¡Cómo Filipinas! observó lúgubremente Simoun.
Basilio no pudo reprimir un gesto y, decidido á no resucitar el asunto, prosiguió como si nada hubiese oído:
—Lo que más le debilita son las pesadillas, sus terrores...
-¡Como el gobierno! volvió á observar Simoun.
-Hace unas noches despertó sin luz y creyó que se había vuelto ciego; estuvo alborotando, lamentándose é insultándome, diciendo que le había sacado los ojos... Cuando entré con una luz me tomó por el P. Irene y me llamó su salvador...
-¡Como el gobierno, exactamente!
-Anoche, prosiguió Basilio haciéndose el sordo, se levantó pidiendo su gallo, su gallo muerto hace tres años, y tuve que presentarle una gallina, y entonces me colmo de bendiciones y me prometió muchos miles...
En aquel momento en un reloj dieron las diez y media.
Simoun se estremeció é interrumpió con un gesto al joven.
―Basilio, dijo en voz baja, escúcheme usted atentamente, que los momentos son preciosos. Veo que