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Página:El filibusterismo - Tomo I (1911).pdf/102

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cabeza baja con aire de pensativo ó disgustado; llamábase el P. Fernández. De una habitación contigua salían ruidos de holas chocando unas con otras, risas, carcajadas, entre ellas la voz de Simoun seca é incisiva: el joyero jugaba al billar con Ben-Zayb.

De repente el P. Camorra se levantó.

-¡Que juegue Cristo, puñales! exclamó arrojando las dos cartas que le quedaban, á la cabeza del P. Irene; ¡puñales! la puesta estaba segura cuando no el codillo, y lo perdemos por endose. ¡Puñales, que juegue Cristo!

Y furioso, explicaba à todos los que estaban en la sala el caso, dirigiéndose especialmente á los tres paseantes como tomándoles por jueces. Jugaba el general, él hacia la contra, el P. Irene ya tenía su baza arrastra él con espadas y ¡puñales! el camote del P. Irene no rinde, no rinde la mala. ¡Que juegue Cristo! El hijo de su madre no se había ido allí á romperse la cabeza inútilmente y á perder su dinero.

- Si creerá el nene, añadía muy colorado, que los gano de bobilis bábilis. ¡Tras de que mis indios ya empiezan á regatear!...

Y gruñendo y sin hacer caso de las disculpas del P. Irene que trataba de explicarse, frotándose la trompa para ocultar su fina sonrisa, se fué al cuarto de billar.

-P. Fernández, ¿quiere usted sentarse? preguntó el P. Sibyla.

-¡Soy muy mal tresillista! contesta el fraile haciendo una mueca.

-Entonces que venga Simoun, dijo el general; ¡eh, Simoun, eh, mister! ¿quiere usted echar una partida?

-¿Qué se dispone acerca de las armas de salón? preguntó el secretario aprovechando la pausa.

Simoun asomó la cabeza.

-¿Quiere usted ocupar el puesto del P. Camorra, señor Simbad? preguntó el P. Irene; usted pondrá brillantes en lugar de fichas.

-No tengo ningún inconveniente, contestó