primero la obligación y después la devoción; cumplid antes con vuestros estudios y aprended después el castellano y meteos à escribidores si os da la gana...
Y así siguió hablando y hablando hasta que tocó la campana y se terminó la clase, y los doscientos treinta y cuatro alumnos, después de rezar, salieron tan ignorantes como cuando entraron, pero respirando como si se hubiesen quitado un inmenso peso de encima. Cada joven había perdido una hora más en su vida, y con ella una parte de su dignidad y de la consideración á sí mismo y en cambio ganaba terreno el desaliento, el desamor al estudio y el resentimiento en los corazones. ¡Después de esto pedirles ciencia, dignidad, gratitud!
¡De nobis, post haec, tristis setentia fertur!
Y como los doscientos treinta y cuatro, pasaron sus horas de clase los miles y miles de alumnos que les precedieron, y, si las cosas no se arreglan, pasarán todavía los que han de venir y se embrutecerán, y la dignidad herida y el entusiasmo de la juventud viciado se convertirán en odio y en pereza, como las olas que, volviéndose fangosas en cierta parte de la playa, se suceden unas á otras dejando cada vez mayor sedimento de basura. Empero, Aquél, que ve desde la eternidad las consecuencias de un acto desenvolverse como un hilo en el trascurso de los siglos, Aquél, que pesa el valor de un segundo y ha impuesto para sus criaturas como primera ley el progreso y la perfección, Aquél, si es justo, pedirá estrecha cuenta á quien debiere rendirla, de los millones de inteligencias obscurecidas y cegadas, de la dignidad humana rebajada en millones de criaturas y del incontable número de tiempo perdido y trabajo malogrado! ¡Y si las doctrinas del Evangelio tienen su fondo de verdad, tendrán también que responder los millones y millones que no supieron guardar la luz de su inteligencia y la dignidad de su espíritu, como el señor pide cuenta al siervo de los talentos que se dejó cobardemente robar!