-Esta mañana me vi con el P. Irene, dijo Makaraig con cierto misterio.
- Viva el P., Irene! gritó un estudiante entusiasta.
-El P. Irene, prosiguió Makaraig, me ha enterado de todo lo que ha pasado en Los Baños. Parece que estuvieron discutiendo lo menos una semana, él sosteniendo y defendiendo nuestra causa contra todos, contra el P. Sibyla, el P. Hernández, el P. Salvi, el general, ci segundo cabo, el joyero Simoun...
=¡El joyero Simoun! interrumpió otro, pero ¿qué tiene que ver ese judío con las cosas de nuestro país? Y nosotros que le enriquecemos comprando...
- ¡Cállate! le dijo otro, impaciente y ansioso de saber cómo pudo vencer el P. Irene á tan terribles enemigos.
-Hasta había grandes empleados que estaban en contra de nuestro proyecto, el Director de Administración, el Gobernador civil, el chino Quiroga...
-¡¡El chino Quiroga!! El alcahuete de los...
-¡Cállate, hombre!
-Al fin, prosiguió Makaraig, iban á encarpetar el expediente y dejarlo dormir por meses y meses, cuando el P. Irene se acordó de la Comisión Superior de Instrucción Primaria y propuso, puesto que se trataba de la enseñanza de la lengua castellana, que el expediente pasara por aquel cuerpo para que dictaminasen sobre él...
-Pero si esa Comisión ya no funciona hace tiempo, observó Pecson.
-Eso precisamente le contestaron al P. Irene, continuó Makaraig, y él replicó que era buena ocasión aquella para que reviva, y aprovechándose de la presencia de don Custodio, uno de los vocales propuso que en el acto se nombrase una comisión y vista y conocida la actividad de don Custodio se le nombró ponente y ahora está el expediente en sus manos. Don Custodio prometió despacharlo en todo este mes.
-¡Viva don Custodio!
-¿Y si don Custodio dictamina en contra? preguntó el pesimista Pecson.
Con eso no contaban, embriagados con la idea de