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Página:El filibusterismo - Tomo I (1911).pdf/178

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mesurado, se acercó à la mesa colocando sobre ella la misteriosa caja.

-¡Mister, el paño! dijo Ben-Zayb incorregible.

-¿Y como no? contestó Mr. Leeds muy complaciente.

Y levantando con la mano derecha la caja, recogió con la izquierda el paño descubriendo completamente la mesa, sostenida sobre sus tres pies. Volvió á colocar la caja encima, en el centro, y con mucha gravedad se acercó al público.

-¡Aquí le quiero ver! decía Ben- Zayb á su vecino; verá usted como se sale con alguna excusa.

La atención más grande se leía en los rostros de todos; el silencio reinaba. Se oían distintamente el ruido y la algazara de la calle, pero estaban todos tan emocionados que un trozo de diálogo que llegó hasta ellos, no les causó ningún efecto.

-¿Porque ba no di podi nisós entrá? preguntaba una voz de mujer.

-Ah, fora, porque tallá el maná prailes y el maná empleau, contestó un hombre; ta jasi sólo para ilós el cabesa de espinge.

-¡Curioso también el maná prailes! dijo la voz de mujer alejándose; ¡no quiere pa que di sabé nisos cuando ilos ta salii ingañau!; ¡Cosa! ¿querida ba de praile el cabesa?

En medio de un profundo silencio, y con voz emocionada prosiguió el americano:

-Señoras y señores: ¡con una palabra voy ahora á reanimar el puñado de cenizas y ustedes hablarán con un ser que conoce lo pasado, lo presente, y mucho del porvenir!

Y el mágico lanzó lentamente un grito, primero plañidero, luego enérgico, mezcla de sonidos agudos como imprecaciones, y de notas roncas como amenazas que pusieron de punta los cabellos de Ben-Zayb.

-¡Deremof! dijo el americano.

Las cortinas en torno del salón se agitaron, las lámparas amenazaron apagarse, la mesa crujió. Un gemido débil contestó desde el interior de la caja. Todos se miraron pálidos é inquietos: una señora