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Página:El filibusterismo - Tomo I (1911).pdf/192

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Simoun se calló de repente como entrecortado. Una voz preguntaba en el interior de su conciencia si él, Simoun, no era parte también de la basura de la maldita ciudad, acaso el fermento más deletéreo. Y como los muertos que han de resucitar al son de la trompeta fatídica, mil fantasmas sangrientos, sombras desesperadas de hombres asesinados, mujeres deshonradas, padres arrancados á sus familias, vicios estimulados y fomentados, virtudes escarnecidas, se levantaban ahora al eco de la misteriosa pregunta. Por primera vez en su carrera criminal desde que en la Habana, por medio del vicio y del soborno, quiso fabricarse un instrumento para ejecutar sus planes, un hombre sin fe, sin patriotismo y sin conciencia, por primera vez en aquella vida se revelaba algo dentro de sí y protestaba contra sus acciones. Simoun cerró los ojos y se estuvo algún tiempo inmóvil; después se pasó la mano por la frente, se negó á mirar en su conciencia y tuvo miedo. No, no quiso analizarse, le faltaba valor para volver la vista hacia su pasado... ¡ Faltarle el valor precisamente cuando el momento de obrar se acerca, faltarle la convicción, la fe en si mismo! Y como los fantasmas de los infelices en cuya suerte había el influido, continuaban flotando delante de sus ojos como si saliesen de la brillante superficie del rio é invadiesen el aposento gritándole y tendiéndoles las manos; como los reproches y los lamentos parecían que llenaban el aire oyéndose amenazas y acentos de venganza, apartó su vista de la ventana y acaso por primera vez empezó á temblar.

-No, yo debo estar enfermo, yo no debo sentirme bien murmuró; muchos son los que me odian, los que me atribuyen su desgracia, pero...

Y sintiendo que su frente ardía, levantóse y se acercó á la ventana para aspirar la fresca brisa de la noche. A sus pies arrastraba el Pasig su corriente de plata, en cuya superficie brillaban perezosas las espumas, giraban, avanzaban y retrocedían siguiendo el curso de los pequeños torbellinos. La ciudad se levantaba à la otra orilla y sus negros muros aparecían fatídicos, misteriosos, perdiendo su mezquindad á la