luz de la luna que todo lo idealiza y embellece. Pero Simoun volvió á estremecerse; le pareció ver delante de si el rostro severo de su padre, muerto en la cárcel pero muerto por hacer el bien, y el rostro de otro hombre más severo todavía, de un hombre que había dado su vida por él porque creía que iba á procurar la regeneración de su país.
-No, no puedo retroceder, exclamó enjugando el sudor de su frente; la obra está adelantada y su éxito me va á justificar... Si me hubiese portado como vosotros, habría sucumbido... ¡ Nada de idealismo, nada de falaces teorías! ¡ Fuego y acero al cáncer, castigo al vicio, y rómpase después si es malo el instrumento! No, yo he meditado bien, pero ahora tengo fiebre... mi razón vacila... es natural... si he techo el mal es con el fin de hacer el bien y el fin salva los medios... Lo que haré es no exponerme...
Y con el cerebro trastornado acostóse y trató de conciliar el sueño.
Plácido, à la mañana siguiente, escuchó sumiso y con la sonrisa en los labios el sermón de su madre. Cuando ésta le habló de sus proyectos de interesar al procurador de los agustinos, no protestó, ni se opu̟so, antes al contrario, se ofreció él mismo á hacerlo para evitar molestias á su madre á quien suplicaba se volviese cuanto antes á la provincia, si pudiese ser, aquel mismo día. Cabesang Andang le preguntó por qué.
-Por qué... porque si el procurador llega á saber que está usted aquí no lo hará sin que antes usted le envíe un regalo y algunas misas.