Y Ben-Zayb había adoptado el tono de un catedrático y con el índice trazaba círculos en el aire admirándose de su imaginación, que sabía sacar de las cosas más insignificantes tantas alusiones y consecuencias. Y como viera á Simoun preocupado y creyese que meditaba sobre lo que acababa de decir, le preguntó en qué estaba pensando.
-En dos cosas muy importantes, respondió Simoun, dos preguntas que puede usted añadir a su artículo. Primera ¿qué habrá sido del diablo al verse de repente encerrado dentro de una piedra? ¿se escapó? ¿se quedó allí? ¿quedóse aplastado? y segunda, ¿si los animales petrificados que he visto yo en varios museos de Europa no habrán sido víctimas de algún santo antediluviano?
El tono con que hablaba el joyero era tan serio, y apoyaba su frente contra la punta del dedo índice como en señal de gran cavilación, que el P. Camorra contestó muy serio:
-¡Quién sabe, quién sabe!
-Y pres que de leyendas se trata, y entramos ahora en el lago, repuso el P. Sibyla, el capitán debe conocer muchas...
En aquel momento el vapor entraba en la barra y el panorama que se extendía ante sus ojos era verdaderamente magnífico. Todos se sintieron impresionados. Delante se extendía el hermoso lago rodeado de verdes orillas y montañas azules como un espejo colosal con marco de esmeraldas y zafiros para mirarse en su luna el cielo. A la derecha se extendía la orilla baja, formando senos con graciosas curvas, y allá á lo lejos, medio borrado, el gancho del Sugay: delante y en el fondo se levanta el Makiling majestuoso, imponente, coronado de ligeras nubes y á la izquierda la isla de Talim, el Susong-dalaga, con las mórbidas ondulaciones que le han valido su nombre.
Una brisa fresca rizaba dulcemente la extensa superficie.
-A propósito, capitán, dijo Ben-Zayb volviéndose; ¿sabe usted en qué parte del lago fué muerto un tal Guevara, Navarra ó Ibarra?