cochero, envidiando en su interior tan felices tiempos: porque sino ese negro que se permite tales juegos al lado de esos dos españoles (Gaspar y Baltasar), ya habria ido á la cárcel.
Y como observase que el negro llevaba corona y era rey como los otros dos españoles, pensó naturalmente en el rey de los indios y suspiro.
-¿Sabéis, señor, preguntó respetuosamente á Basilio, si el pie derecho está suelto ya?
Basilio se hizo repetir la pregunta:
-¿Pie derecho de quién?
-¡Del rey! contestó el cochero en voz baja, con mucho misterio.
-¿Qué rey?
-Nuestro rey, el rey de los indios...
Basilio se sonrió y se encogió de hombros.
El cochero volvió à suspirar. Los indios de los campos conservan una leyenda de que su rey, aprisionado y encadenado en la cueva de San Mateo, vendrá un día á libertarles de la opresión. Cada cien años rompe una de sus cadenas, y ya tiene las manos y el pie izquierdo libres; sólo le queda el derecho. Este rey causa los terremotos y temblores cuando forcejea ó se agita; es tan fuerte que, para darle la mano, se le alarga un hueso, que à su contacto se pulveriza. Sin poderse explicar el por qué, los indios lo llaman el rey Bernardo, acaso por confundirle con Bernardo del Carpio.
-Cuando se suelte del pie derecho, murmuró el cochero ahogando un suspiro, le daré mis caballos, me pondré á su servicio y me dejaré matar... El nos librará de los civiles.
Y con mirada melancólica seguía á los tres reyes que se alejaban.
Los muchachos venían después en dos filas, tristes, serios, como obligados por la fuerza. Alumbraban unos con huepes, otros con cirios y otros con faroles de papel en astas de caña, rezando á voz en grito el rosario como si riñesen con alguien. Después venia San José en modestas andas, con su fisonomía resignada y triste y su bastón con flores de azucenas, en