VII
SIMOUN
En estas cosas pensaba Basilio al visitar la tumba de su madre. Disponíase á volver al pueblo, cuando creyó ver una claridad proyectada en medio de los árboles y oír una crepitación de ramas, ruido de pisadas, roce de hojas... La luz se extinguió pero el ruido se hizo cada vez más distinto marchando directamente hacia donde él estaba.
Basilio, de por sí, no era supersticioso y menos después de haber descuartizado tantos cadáveres y asistido á tantos moribundos; pero las antiguas leyendas sobre aquel fúnebre paraje, la hora, la obscuridad, el silbido melancólico del viento y ciertos cuentos oídos en su niñez influyeron algo en su ánimo y sintió que su corazón latía con violencia.
La sombra se detuvo al otro lado del halil y el joven la podía ver al través de una hendidura que dejaban entre sí dos raíces que habían adquirido con el tiempo las proporciones de dos troncos. Produjo debajo de su traje una lámpara de poderoso lente refractor, que depositó sobre el suelo, alumbrando unas botas de montar: el resto quedaba oculto en la obscuridad. La sombra pareció registrar sus bolsillos, después se encorvó para adaptar la hoja de azada al extremo de un grueso bastón: Basilio creyó distinguir con gran sorpresa suya algo de los contornos del joyero Simoun. Era el mismo en efecto.
El joyero cavaba la tierra, y de cuando en cuando la lámpara le iluminaba el rostro: no tenía los anteojos