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EL HOMBRE IRASCIBLE

te, jugamos al croquet y escuchamos como una de las jóvenes canta:

«Tú no me amas, no...»

Al pronunciar la palabra «no», tuerce la boca hasta la oreja.

«Charmant, charmant», gimen en francés las otras jóvenes. Ya llega la noche. Por detrás de los matorrales asoma una luna lamentable. Todo está en silencio. Percíbese un olor repugnante de heno cortado. Tomo mi sombrero y me voy a marchar.

—Tengo que comunicarle algo interesante—murmura Masdinka a mi oído.

Abrigo el presentimiento de que algo malo me va a suceder, y, por delicadeza, me quedo. Masdinka me coge del brazo y me arrastra hacia una avenida. Toda su fisonomía expresa una lucha. Está pálida, respira con dificultad, diríase que piensa arrancarme el brazo derecho. «¿Qué tendrá?», pienso yo.

—Escuche usted; no puedo...

Quiere decir algo; pero no se atreve. Veo por su cara que, al fin, se decide. Lánzame una ojeada, y con la nariz, que va hinchándose gradualmente, me dice a quema ropa:

—Nicolás, yo soy suya. No le puedo amar, pero le prometo fidelidad.

Apriétase contra mi pecho y retrocede poco después.

—Alguien viene, adiós; mañana a las once me hallaré en la glorieta.

Desaparece. Yo no comprendo nada. El corazón me late. Regreso a mi casa. El pasado y el porvenir del