La Edad Media vuelve á tomar las cosas en el mismo punto en que la Antigüedad inició sus tendencias al amor sexual, en el adulterio. Ya hemos pintado el amor caballeresco que inventó los Tagelieder. De este género de amor que tiende á destruir el matrimonio, hasta aquel que debe fundarlo, hay aún mucho camino que la caballería no recorrió nunca por completo. Hasta si de los frívolos provenzales pasamos á los virtuosos alemanes, encontramos en el poema de los Niebelungen á Kriemhilda no menos enamorada (aunque en silencio) de Siegfried que éste lo está de ella; mas no por eso responde Kriemhilda menos sencillamente á Gunther, al anunciarla que la ha prometido á un caballero, de quien calla el nombre: «No tenéis necesidad de suplicarme; tal como me lo ordenéis, así quiero siempre ser; estoy dispuesta de buena voluntad, señor, á unirme con aquel que me deis por marido.» No se le ocurre de ningún modo á Kriemhilda la idea de que su amor pueda tenerse en cuenta para nada. Gunther pide en matrimonio á Brünhilda y Etzel á Kriemhilda sin haberlas visto nunca; de igual manera Sigebant de Irlanda busca en Gutrun á la noruega Ute, Hetel de Hegelingen á Hilda de Irlanda, y, en fin, Siegfried de Morlandia, Hartmut de Ormania y Herwig de Seelandia piden los tres la mano de Gutrun; y sólo aquí sucede que ésta se pronuncie libremente á favor del último. Regla gene-
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