midas, que no tocaban pito ni flauta en la sociedad.
Tal era la situación que encontró de frente la producción capitalista cuando, á contar desde la era de los descubrimientos geográficos, se puso en el caso de conquistar el imperio del mundo por medio del comercio universal y de la industria manufacturera. Debiera creerse que este modo de matrimonio le convendría excepcionalmente, y así era en verdad. Y, sin embargo (la ironía de la historia del mundo es insondable), ella fué quien hubo de abrir la brecha decisiva en él. Al transformar todas las cosas en mercaderías, desorganizó todas las situaciones transmitidas ó adquiridas antiguamente; reemplazó las costumbres hereditarias y el derecho histórico por la compraventa, por el «libre contrato»; y he ahí cómo el jurisconsulto inglés H. S. Maine ha creído haber hecho un descubrimiento extraordinario al decir que todo nuestro progreso sobre las épocas anteriores consistía en que hemos pasado from status to contract, es decir, de una situación hereditariamente transmitida á un estado de cosas libremente consentido..., lo cual encontrábase ya en el manifiesto comunista, en cuanto eso es verdad.
Pero para contratar se necesitan gentes que puedan disponer libremente de su persona, de sus acciones y de sus bienes, y que se encuentren unos en presencia de otros con iguales de-