dios de la América del Norte, vemos cómo una raza de hombres, primitivamente «una», se difunde poco á poco por un continente inmenso; cómo, escindiéndose, las tribus se convierten en pueblos, en grupos enteros de tribus; cómo se modifican las lenguas, no sólo hasta llegar á ser incomprensibles entre ellas, sino hasta el punto de desaparecer todo vestigio de la prístina unidad; cómo en el seno de las tribus se escinden en varias las gentes particulares, y las gentes madres se mantienen bajo la forma de fratrias; y cómo los nombres de estas gentes más antiguas se perpetúan en las tribus más distintas y separadas más largo tiempo (el lobo y el oso son aún nombres de gentes en la mayoría de las tribus indias). Y á todas estas tribus se aplica en general la constitución antes descrita, con la única diferencia de que muchas de ellas no han sido parientes, hasta la liga entre tribu.
Pero dada la gens como unidad social, vemos también con qué necesidad casi ineludible, por ser natural, se deduce de esa unidad toda la constitución de las gentes, de la fratria y de la tribu. Todas tres son grupos de diferentes gradaciones de consanguinidad, encerrado cada uno en sí mismo y ordenando sus propios asuntos, pero completando también á los otros. Y el círculo de los asuntos que les competen abarca el conjunto de los negocios públicos de los bár-