impuesto á los atenienses, sin su concurso, y á pesar de ellos, digámoslo así. Siendo siempre el mismo el modo de producir las cosas necesarias para la existencia, con buenos ó malos años, nunca podían crearse tales conflictos impuestos por una presión, hasta cierto punto exterior, ni engendrarse ningún antagonismo entre ricos y pobres, entre explotadores y explotados. Los iroqueses distaban mucho de enseñorearse aún de la naturaleza, pero dentro de los límites naturales que les eran impuestos, eran dueños de su propia producción. A parte de las malas cosechas en sus huertecillos, de la escasez de pescado en sus lagos y ríos y de caza en sus bosques, sabían lo que resultaba de su manera de proporcionarse medios de existencia. El resultado de esto era el mantenimiento de su vida, con más ó menos abundancia de recursos; pero lo que no podía resultar nunca, eran trastornos sociales imprevistos, la ruptura de los vínculos de la gens, la escisión de los gentiles y de los miembros de la tribu en clases opuestas que combatiesen recíprocamente. La producción se movía dentro de los más estrechos límites, pero... los productores eran dueños de sus propios productos. Esta era la inmensa ventaja de la producción bárbara, que se perdió con la entrada en escena de la civilización y que las generaciones futuras tendrán el deber de reconquistar, pero dándole por base el poderoso dominio de la
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