dado en los vínculos de la sangre, y lo sustituyó una verdadera Constitución de Estado basada en la división territorial y en las diferencias de fortuna. La fuerza pública consistía aquí en el conjunto de los ciudadanos sujetos al servicio militar, no sólo contrapuestos á los esclavos, sino también á la clase proletaria, excluida del servicio militar y de llevar armas.
En el seno de esta nueva Constitución, á la cual dieron mayor impulso la expulsión del último rex, Tarquino el Soberbio, que usurpaba un verdadero poder tiránico, y su reemplazo por dos jefes militares (cónsules) con iguales poderes en sus funciones (como entre los iroqueses), muévese toda la historia de la República romana, con todas sus luchas entre patricios y plebeyos por el acceso á los empleos públicos y por el reparto de las tierras del Estado, y con la desaparición completa de la nobleza en la nueva clase de los grandes propietarios territoriales y rentistas. Esta clase absorbió poco poco toda la propiedad rústica de los campesinos arruinados por el servicio militar, emprendió el cultivo por medio de esclavos de los inmensos dominios formados así, despobló á Italia, y de ese modo abrió la puerta, no sólo al Imperio, sino también á sus sucesores, los bárbaros germanos.