muchísimo en presentar un modelo de virtud ante los ojos de los corrompidos romanos. Lo que hay de cierto es que si los germanos fueron en sus bosques esos excepcionales caballeros de la virtud, poquísimo contacto con el exterior necesitaron para ponerse al nivel del resto de la humanidad europea; en medio del mundo romano, el último vestigio de la rigidez de costumbres desapareció con mucha más rapidez aún que la lengua alemana. Basta con leer á Gregorio de Tours. Claro es que en los bosques primitivos de Germania no podían reinar como en Roma excesos de placeres sensuales refinados; y en este orden de ideas, aún les quedan así á los germanos bastantes ventajas sobre la sociedad romana, sin que les atribuyamos en las cosas de la carne una continencia que nunca ni en ninguna parte ha existido en ningún pueblo.
La constitución de la gens dió origen á la obligación de heredar las enemistades del padre ó de los parientes, lo mismo que sus amistades; también se les debe la «composición» en vez de la venganza familiar, por el homicidio ó los daños cometidos. Esta composición (Wergeld) que apenas hace una generación se consideraba como una institución particular de Alemania, se encuentra hoy en centenares de pueblos como una forma atenuada de la venganza familiar propia de la gens. La encontramos principalmente, al mismo tiempo que la obligación de la hospitali-