éstos los iskævones (llamados á la sazón francos) se precipitaban sobre el Rhin; á los ingævones les correspondió conquistar la Bretaña. A fines del siglo V el imperio romano, débil, desangrado é impotente, hallábase abierto á la invasión de los alemanes.
Antes estuvimos junto á la cuna de la antigua civilización griega y romana. Henos ahora junto á su sepulcro. La llana niveladora de la dominación de los romanos en el mundo había pasado por todos los países de la cuenca del Mediterráneo, durante siglos. En todas partes el idioma griego no siguió resistiéndose, las lenguas nacionales habían tenido que ir cediendo el paso á un latín degenerado; ya no había diferencias de nacionalidades; no más galos, iberos, liguros, nóricos; todos eran romanos. La administración y el derecho romanos habían roto en todas partes las antiguas agrupaciones y disuelto á la vez los últimos restos de independencia local ó nacional. La calidad de ciudadano romano, conferida á todos, no ofrecía compensación; no expresaba ninguna nacionalidad, sino que indicaba tan sólo falta de nacionalidad. Existían en todas partes elementos de nuevas naciones; los dialectos latinos de las provincias fueron diferenciándose cada vez más; las fronteras naturales, que habían hecho ser antes territorios independientes á Italia, Galia, España y Africa, subsistían y teníanse en cuenta aún. Pero en ninguna parte existía la