el cual se encontraba el mundo romano: la esclavitud era económicamente imposible, y el trabajo de los hombres libres estaba moralmente proscrito. La primera ya no podía, y el segundo no podía aún ser la base de la producción social. El único remedio de esta situación era una revolución completa.
No tenían mejor aspecto las cosas en las provincias. Los más amplios informes que tenemos acerca de este asunto, conciernen á las Galias. Allí, junto á los colonos, aún había pequeños agricultores libres. Para estar seguros contra las violencias de los funcionarios, de los magistrados y de los usureros, poníanse á menudo bajo la protección y el patronato de un poderoso; y no fueron sólo individuos aislados quienes tomaron esta precaución, sino comunidades enteras, de tal suerte, que en el siglo IV prohibieron esto muchas veces los emperadores. Pero ¿de qué servía eso á los que buscaban protección? El señor les imponía la condición de poner en cabeza de él la propiedad de sus tierras, de las cuales les aseguraba el usufructo durante su vida, jugarreta de que se percató la Santa Iglesia y que imitó con muchas agallas en los siglos IX y X para agrandar el reino de Dios y los bienes terrenales de ella. Verdad es que por aquella época, hacia el año 475, Salviano, obispo de Marsella, indignábase aún contra semejante robo; cuenta que la opresión de los funcionarios