tenía era dueño del mundo, de la producción. ¿Y quién la tenía antes que todos? El mercader. Acaparado por él, estaba asegurado el culto del dinero. Cuidó de hacer manifiesto que todas las mercancías, y con ellas todos sus productores, deben prosternarse ante el dinero. Probó de una manera práctica que todas las demás formas de la riqueza no son sino una quimera en frente de esta encarnación de la fortuna. De entonces acá, nunca se ha manifestado el poder del dinero con tal brutalidad, con semejante violencia primitiva como en aquel período de su infancia. Después de la compra de mercaderías por dinero, vinieron los préstamos y con ellos el interés y la usura. Ninguna legislación posterior arroja tan cruel é irremisiblemente al deudor á los pies del acreedor usurero, como lo hacían las leyes de la antigua Atenas y de la antigua Roma; y en ambos casos esas leyes nacieron espontáneamente, bajo la forma de derecho consuetudinario, sin más apremio que el de las necesidades económicas.
Junto á la riqueza en mercaderías y en esclavos, junto á la fortuna en dinero, apareció también la riqueza territorial. El derecho de propiedad sobre las parcelas del suelo, concedidos primitivamente á los individuos por la gens ó por la tribu, habíase consolidado hasta tal punto que esas parcelas les pertenecían como bienes hereditarios. Lo que en los últimos tiempos ha-