canzaba su punto culminante en la reunión de pobres y ricos, de usureros y deudores dentro de la misma gens y de la misma tribu. Luego vino la masa de la nueva población extraña á las asociaciones de la gens, que podía llegar á ser una fuerza en el país, como en Roma, y que además era harto numerosa para poder ser admitida en las estirpes y tribus consanguíneas. Los miembros de la gens figuraban frente á esa masa como corporaciones cerradas, privilegiadas; la democracia primitiva, espontánea, se había transformado en una detestable aristocracia. En una palabra, el régimen de la gens, fruto de una sociedad que no conocía antagonismos interiores, no era adecuado sino para una sociedad de esta clase. No había más medios coercitivos que la opinión pública. Pero acababa de surgir una sociedad que, en virtud del conjunto de las condiciones económicas de su existencia, había tenido que dividirse en hombres libres y en esclavos, en explotadores ricos y en explotados pobres; una sociedad que, no sólo no podía conciliar estos antagonismos, sino que, por el contrario, veíase obligada á llevarlos cada vez más á sus límites extremos. Una sociedad de este género no podía existir sino gracias á una lucha incesante de estas clases entre sí, ó bajo el dominio de un tercer poder que, puesto ostensiblemente por encima de las clases en lucha, pesase sobre sus conflictos públicos y no
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