límites del «orden». Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se le hace cada vez más extraño, es el Estado.
Frente á la antigua organización de la gens, el Estado se caracteriza en primer término por la distribución de los individuos que lo componen, según el territorio. Las antiguas asociaciones, constituidas y sostenidas por los vínculos de la sangre, según lo hemos visto, habían llegado á ser insuficientos en gran parte, porque suponían la unión de los asociados con un territorio determinado, lo cual había dejado de suceder desde largo tiempo atrás. El territorio no se había movido, pero los hombres sí. Tomóse como punto de partida la división territorial, y se dejó á los ciudadanos ejercitar sus derechos y sus deberes donde se hubiesen establecido, sin ocuparse de la gens ni de la tribu. Esta organización de los súbditos del Estado conforme á su distribución local es común á todos los Estados. Por eso nos parece natural; pero en anteriores capítulos hemos visto cuán porfiadas y largas luchas fueron menester hasta que en Atenas y en Roma pudo sustituir á la antigua organización por razas.
El segundo punto es la institución de una fuerza pública, que ya no es el pueblo armado. Esta fuerza pública particular es necesaria, porque desde la escisión en clases se ha hecho imposible una organización armada, nacida espon-