jeron los clérigos para que los cándidos alemanes pudiesen instituir con toda libertad legados sobre su herencia á favor de la Iglesia.
Con este régimen por base, la civilización ha realizado cosas de que distaba muchísimo de ser capaz la antigua sociedad gentil. Pero las ha llevado á cabo poniendo en movimiento las tendencias y pasiones más viles de los hombres y á expensas de sus mejores disposiciones. La más baja codicia ha sido el alma de la civilización desde sus primeros días hasta hoy; su único objetivo final es la riqueza, y siempre la riqueza, pero no la de la sociedad, sino la de tal ó cual bellaco individuo. Si á pesar de eso han correspondido á la civilización el desarrollo creciente de la ciencia, y, en algunos períodos, el más magnífico florecimiento del arte, sólo ha acontecido así porque sin ellos no hubiera sido posible la plena conquista de la fortuna.
Siendo la base de la civilización la explotación
na, y que el testamento nació del culto de los muertos, mucho antes de la época romana. Lassalle, en su calidad de antiguo creyente hegeliano hace remontarse las disposiciones del derecho romano, no á las condiciones sociales de los romanos, sino al «concepto especulativo» de la voluntad, y de este modo llega á ese aserto absolutamente contrario á la historia. No debe extrañar eso en un libro que en virtud de este mismo concepto especulativo llega al resultado siguiente: que en la herencia romana era una simple cuestión accesoria la transmisión de los bienes de fortuna. Lassalle no se limita á creer en las ilusiones de los jurisconsultos romanos, especialmente de los de la primera época, sino que aún va más lejos que ellos.