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Página:El pozo (1921).djvu/31

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El Pozo
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Y mientras Luciano volvía a alejarse al trote, para ir a buscar sin duda otra cuerda cualquiera, "El Gringo" se quedó mirando con verdadero asombro, como aquel lazo "chileno", que debería tener por los menos once brazadas, colgado allá en lo alto aparecía tan corto como una miserable güasquita...

Cuando reapareció Luciano con un nuevo lazo y se puso a añadirlo al anterior a toda prisa, "El Gringo", creyó conveniente para su honrilla, proponer con voz tranquila:

—Si querés que saque el vizcachón, me tenés que dar también un alambre...

Pero el otro, exasperado, le gritó con rabia:

—¡Qué alambre, ni alambre! ¡No ves? ¡No alcanza tampoco!

—Y así era en efecto: La argolla del nuevo lazo un lazo bastante largo venía a quedar a una altura tan inaccesible para las fuerzas de "El Gringo", como lo estaba la del otro. Apenas si rebasaba en un par de metros aquellos dos primeros tirantes que sujetaban el caño a la mitad de la bajada.

Luciano, en uno de esos arrebatos inofensivos, de tente prisionero, que le eran habituales, se mesó los cabellos y dijo muchas malas palabras, pero como "El Gringo" riendo le tranquilizara, asegurándole que no corría ningún peligro, volvió a marcharse a escape para volver al cabo con cierto endeble y viejo lacito, que sólo se empleaba en "La Estancia", para "agarrar carne", es decir, para enlazar los capones que se carneaban...

—Y ahora, ché?