Pero levantando pronto con un esfuerzo la cabeza:
—Marchad, señor Boxtel, dijo; ya os he prometido que se os administrará justicia.
—Vos, mi querido señor Van Systens, añadió, cuidad de esta jóven y del tulipan. Adios.
Todos se inclinaron y el príncipe salió entre el inmenso ruido de las aclamaciones populares.
Boxtel volvió bastante atormentado á la posRda del Cisne Blanco. Aquel papel que Rosa habia entregado á Guillermo, que lo habia leido con tanta atencion y que con el mayor cuidado lo habia guardado en su faltriquera, lo tenia desasosegado.
Rosa se acercó al tulipan, besó respetuosamente las hojas y se entregó en manos de la Providencia murmurando:
—Dios mio! ¿sabíais con qué fin me habia enseñado á leer mi buen Cornelio?
Si; Dios lo sabia, porque á su cargo están la recompensa y el castigo de los hombres seguo sus méritos.
VII.
La cancion de las flores.
Al paso que ocurrian los acontecimientos que acabamos de referir el desgraciado Van Baerle, olvidado en su cuarto de Loewestein, sufria del inhumano Griphus todos los malos tratamientos que puede esperar un preso de un carcelero determinado á transformarse en verdugo.
No recibiendo este noticia alguna de Rosa ni