XI.
LA ULTIMA SUPLICA.
En aquel momento solemne, cuando aun resonaban los aplausos, pasaba un carruaje á lo largo de las hileras de árboles y seguia lentamente su camino, á causa de la multitud de mujeres y niños que se acogian y resguardaban en las calles por no esponerse al oleaje de la muchedumbre.
Aquel carruaje empolvado encerraba al desgraciado Van Baerle, quien por la portezuela comenzaba á ver el espectáculo que acabamos de describir, aunque imperfectamente.
Aquel tropel, aquel reflejo de las maravillas humanas y naturales cegaron al preso como si un relámpago hubiera entrado en su calabozo de Loewestein.
Apesar de lo poco atento que se habia mostrado su compañero á las preguntas que le habia hecho acerca de la muerte que se le reservaba se atrevió á preguntar por última vez qué significaba toda aquella trapísonda.
—Como podeis ver, señor mio, contestó el oficial, es una gran fiesta.
—Ola! una gran fiesta! dijo Cornelio con aquella lúgubre indiferencia del hombre que no participa hace mucho tiempo de ninguna alegría del mundo.
Despues de un momento de silencio cuando el carruaje habia adelantado algunos pasos mas:
—Es la fiesta nacional de Harlem? preguntó; porque veo muchas flores.