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Página:El tulipán negro III (1851).pdf/89

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Cornelio le detuvo aun.

—Oh! tened paciencia, sed generoso, ya que mi vida depende de vuestra piedad. Mi vida, mi vida; señor, no sabeis lo que me vais á hacer suftir por el tiempo que me resta en este mundo. No sabeis lo que pasa en mi corazon, porque en fin, continuó Cornelio con un acento desesperado, si es mi tulipan, el que han robado á Rosa,...

¿Comprendeis bien lo que es haber encontrado el tulipan negre, haberlo visto un instante, haberlo visto perfecto, haber sido el dueño de una obra maestra de la naturaleza y del arte y perderlo para siempre! Oh! es preciso que yo salga, es preciso que lo vea; quitadme luego la vida, pero despues de haberlo visto.

—Callad, desgraciado; ahí está la escolta de S. A. el estatuder y si el príncipe observa un escándalo, oye algun ruido ¿qué será de nosotros?

Van Baerle, temiendo mas por su compañero que por sí mismo, se dejó caer en su asiento; pero no pudo estar en él medio minuto. Apenas habian pasado los veinte, primeros ginetes de la escolta se volvió á asomar á la portezuela, gesticulando y suplicando al príncipe en el momento en que justamente pasaba por delante del carruage.

Guillermo, impasible como de costumbre, se dirijia á la plaza á ocupar su puesto de presidente. Llevaba en la mano un rollo de pergamino y al ver á aquel que le llamaba, y reco nociendo tal vez al oficial, mandó detener el coche.

El de S. A. vino á parar como á seis pasos del de Van Baerle.