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Página:El tulipán negro II (1851).pdf/45

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Todavía vibraba la última campanada, cuando oyó Cornelio en la escalera las pisadas lijeras de Rosa y despues vió iluminarse la rejilla de la puerta donde tenia fijos sus ojos.

El postigo acababa de abrirse por fuera.

—Aquí estoy, dijo Rosa todavía fuera de aliento por haber subido precipitada la escalera.

Oh buena Rosa!

Os alegrais de verme?

Me lo preguntais Pero ¿como os habeigobernado para venir?

—Escuchad; mi padre se duerme todas las noches despues de cenar: entonces le cuesto algo aturdido por la ginebra que ha bebido; cuidado, no digais nada, porque gracins á ese sueño, podré todas las noches venir á hablar una hora con vos.

—Oh querida Rosa! cuanto os lo agradezco.

Y al decir estas palabras arrimó Cornelio et rostro tan cerca del postigo que Rosa se retiró.

— Os vuelvo á traer, dijo la jóven, vuestras ceboilas de tulipanes.

Cornelio sintió ajitarse con fuerza su corazon.

No se habia atrevido á preguntar á Rosa lo que habia hecho de su precioso tesoro.

—Ah! las habeis conservado?

—No me las habeis dado como una cosa del mayor aprecio para vos?

Sí; pero por lo mismo que os las di creo que deben ser vuestras.

—Era para mí despues de vuestra muerte y por fortuna estais vivo. ¡Ah! cuanto he bendecido á Su Alteza. Si Dios concede al príncipe Guillermo toda la ventura que yo le he deseado será