A medida que la noche se acercaba se aumentaba mas y mas su inquietud y se acrecentaron sus temores hasta que concluyeron por absorberle enteramente.
Cuando la oscuridad y las tinieblas que lentamente cubrían á Loewestein indicaron la desaparicion del astro del día su corazon latia fuertemente y las palabras que la víspera habia dicho á Rosa se agolpaban á su imaginacion, preguntandose á sí mismo como habia podido condenarse por sus propios labios á un suplicio tan horrible cuando la vista, la presencia de Rosa era una necesidad para su existencia.
Desde el cuarto de Cornelio se oia el reló de la fortaleza. Dieron las siete, las ocho, las nueve.
El sonido de la última campanada de las nueve vibró profundamente en el corazon de Cornelio.
Todo quedó luego en silencio. Cornelio procuró ahogar con su mano los latidos de su corazon y escuchó.
El ruido de los pasos de Rosa le era tan familiar que desde que subia el primer peldaño decia: Ya está ahí Rosa.
Pero aquella noche nada turbó el silencio del eorredor.
El reló dió las nueve y cuarto, luego las nueve y media, las diez menos cuarto, y por fin su voz grave anunció las diez no solo á los huéspedes de la fortaleza sino á los habitantes de Loewestoin.
En aquella hora acostumbraba Rosa despedirse de Cornelio. Habia dado la hora y Rosa ayn no habia venido.