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Página:El tulipán negro II (1851).pdf/79

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Los presentimientos no le habian engañado.

Rosa, irritada, le abandonaba á su soledad.

—Oh! decia Cornelio, bien merecido lo tengo. Ya no volverá mas, y hará bien en no venir; yo en su lugar haria lo mismo.

Y á pesar de esto Cornelio escuchaba y esperaba.

Así permaneció en el postigo hasta media noche, a cuya hora cesó de esperar y sin desnudarse se arrojó en el lecho.

La noche fué para él larga y triste; llegó el dia, pero ninguna esperanza trajo al cautivo.

A las ocho de la mañana abrieron su puerta; mas él no se tomó siquiera el trabajo de volver la cabeza, porque habia sentido los pesados pasos de Griphus en el corredor y habia conocido que venia solo. No miré siquiera hacia el carcelero.

Sin embargo bien hubiera queride informarse acerca de Rosa, y estuvo á punto de hacerlo, por mas estraña que a su padre pareciese semejante pregunta. El egoista esperaba que Griphus le contestaria que su hija estaba enferma.

Solo en un caso estraordinario podia venir Rosa de dia. Mientras duró el dia Cornelio no es peró realmente, pero al ver sus estremecimientos súbitos, su vido en acecho y sus rápidas miradas hácia el postigo se conocia que tenia una débil esperanza de que Rusa infringiria sus costumbres.

En la segunda visita de Griphus Cornelio no pudiendo contenerse preguntó con su voz mas suave al viejo carcelero acerca de su salud; pero Griphus, lacónico como siempre, se limitó á contestar: